Santos Domínguez Ramos

Desde la cueva oscura

 

August Macke: La tormenta

 


DESDE LA CUEVA OSCURA Hoy es siempre todavía

Antonio Machado

Vienen de un territorio indescifrable que no pintan los mapas, del espanto de noches anteriores al fuego, de una enumeración perdida en las tinieblas. Suben desde el brocal de un pozo en un domingo matinal y suicida, vienen de mucho antes del prólogo del mundo, de un abrazo asustado y un terror prodigioso que inventó los conjuros y encendió las hogueras con temblor desvalido. Vienen del frío ancestral de las constelaciones, del llanto primordial que cae sobre las piedras y sobre las semillas. Vienen del desamparo de la noche y del hielo con manos temerosas que encienden de penumbras la pared de la cueva. Vienen rodando lentas, vienen de las caídas, de los ojos cerrados por dentro y de la sangre, de las horas sin tregua y la vergüenza ajena, vienen desde el secreto de los meses lunares, de noches tentativas, de la sombra de un río. Vienen para habitar en la garganta estrecha de los juntos que la memoria tiende como un puente inseguro de lentos miedos altos y vértigos sin fondo. Vienen de donde caen las cenizas, los húmeros, de los ritmos antiguos del agua y las cosechas. Vienen de la incontable soledad de las cifras, de las huellas vacías, del sigilo y el cero. Vienen de los crepúsculos lentos del desconsuelo, de las noches más negras y los días más solos, de las sillas vacías y los sitios oscuros. Vienen del abandono en medio del desierto, de noches anteriores a las noches que anegan el corazón de nieve, de un mar que no es el mismo de todos los veranos. Son las palabras que arden para encender hogueras que espanten la serpiente nocturna de la escarcha. Al calor de ese fuego, circulares y heridas, contra la cueva oscura, se despliegan las manos en busca de consuelo.
LUCES VERDES DEL NORTE Con un violento escalofrío azul

Federico García Lorca

En la noche polar la luz verde del norte baila en el cielo y se oye cómo susurra el tiempo espacial en la aurora. Porque la aurora silba en la luz que se escucha y arde la piel del cielo con llamaradas frías de tiempo y vaticinios que vienen de años luz, de los vientos solares y de un terror antiguo en las noches antárticas de miedos boreales y de indicios secretos.
COMPÁS DE LLAMA Y YUNQUE el primer llanto en la primera noche

Francisca Aguirre

Mucho antes de la hoguera, bajo el azul profundo de las noches sin luna ya escalaba una música del corazón del hombre, de las respiraciones del miedo y del latido de un animal oculto. Sonaba como suena la tierra al removerse, como cruje la escarcha en las sendas pisadas de los sitios sin nadie, como susurra el viento oscuro en las espigas y pesan las palabras en las noches de insomnio. Venía desde lo alto o desde las cavernas, desde los hondos bosques incendiados. Con pulsaciones leves, con latidos de fiebre su ritmo descifraba el mundo opaco y hosco. Mucho antes de la hoguera, una lluvia prehistórica cayó sobre las plumas del pájaro sediento con sonidos cerrados y una luz decimal goteaba sin pausa sobre las notas negras del invierno. Mucho antes de llegar, la noche era con ellos y un augurio de truenos rugía en el horizonte. Era un agua innombrable, mármol o laberinto que en sílabas concéntricas delimita el peligro del tiempo y el espacio, hermanos del terror, padres del frío, en su fuego insondable y su luz sin salida. Mientras un viento leve dispersaba cenizas y agitaba en la noche callada los olivos, los metales y el agua juntaron su cadencia en un lugar secreto del corazón del hombre. Allí la voz trepaba por vísceras hambrientas y era ya en la garganta un quejido de barro. Mientras el aire daba señales de salitre y las hojas cansadas caían sobre el río, entre la voz y el mundo solo cabía la noche templada en una fragua, la noche transitable con un compás de llama y un yunque en el que suena el martillo del cante.
POR UN SUR DE RELÁMPAGOS cenizas de una imagen

Cavafis

Por caminos secretos el azar te ha traído un extraño regalo, absurdo y doloroso, como un intento torpe de aniquilar el tiempo: con su barba y su gorra, con sus mismas hechuras y en los mismos parajes de los que hablaba tanto —Bajo Guía, Bigote, el muelle de Bonanza— su recuerdo habitaba bajo otra carne viva. Fue sólo un espejismo. Cuando cayó la tarde se lo acabó llevando a rachas el levante. El viento, el sol poniente, la luna casi llena lo iban difuminando mientras tú conducías por un sur de relámpagos y metáforas viejas.


 

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