Rosario Pérez Cabaña

Cinco poemas sobre invenciones, ficciones y fabulaciones

 

Charles Demuth: Árboles y graneros

 


FABULACIÓN DEL AUTORRETRATO A aquella que fui yo quisiera desnudarme. Quisiera preguntarme la tabla de los verbos, asomarme conmigo a todas las ventanas y asustarnos las dos de todo lo posible... Y quién será esta que ahora, en este preciso sur, me busca en la incandescencia de la sílaba, en el relato fantástico, en la oscura sombra de los ojos con que los años nombran todos y cada uno de los acaecimientos. Esta que parece oírme desde un mullido acantilado que se asombrara cada día de su insólito horizonte. Ladra la perra en el jardín. No es una certeza, es la única osadía permitida, el único viaje al exterior, el único atisbo de que esta mano escribe en un sur preciso y caluroso. La única sospecha. Quién fue y por qué me habrá robado la memoria. Y qué será lo que cree escribir mientras la miro. Qué será aquello que cree mirar. Qué será lo que ve y la descansa en la turbidez de lo que creyeron ver los ojos.
EVOCACIÓN Llamarte es un tenaz empeño por desnombrar mi lengua, por sacarte al mundo y dejar mi boca hueca. Desabrida de páramos me busco solo a ratos en la mudez estéril de las voces cuando la evocación del vino y de las manos. Pero tu no presencia y su quietud merecen, el menos, un gemido; llamarte en llamas con la boca seca y libre de uvas; apenas un pronombre, apenas la hermosa falsedad de la memoria. Llamarte por las vivas corrientes del subsuelo y desdecirte y darte mejor vida. Y qué serás cuando dejes de ser lo que ya no eres... Dejaré encendidos dos cigarros como piras en tu nombre, y a ratos fumaremos como siempre te gustó, oyendo mis historias a través del humo fatuo de mis labios, sí, lo intentaré, más Garbo que Dietrich. Te gustará mi día de hoy, ya verás... Llamarte, sí... (Alguna vez te llamé tierra, tal vez no lo recuerdes. Alguna vez no supe más cómo llamarte, si humo o polvo o sombra o)
ARTIFICIO Recuerda la herida en la memoria. Aún tiene la forma visible de los campos de arroz bajo las aguas. El reloj bajo la capa de cera. El milagro entre las uñas. La turba libadora de raíces. (El pez escapa. Se agranda, se hace río y se nada en la corriente, insólito. Apenas un momento). Después de nuevo el sordo ruido de los dedos en la nuca, el olor verdoso y manso de los muslos extenuados, el paso lento de los despertares. Duele la herida en esa nube fábula como duelen los pájaros en un otoño asombrado de luciérnagas. Recuerdo las heridas en las calles y el popelín ante el cristal, desde donde el álamo y la fuente y los paseantes sin destino. Recuerdo las manos en las teclas y los mundos arrojados. Recuerdo lo que estaba por llegar: la herida en la memoria, la memoria en la herida, ¡otra vez!, la inconfundible estrategia de mi boca ansiosa por narrar lo que se ausenta, incapaz ante los verbos y su atracción molecular, sus choques, sus certezas ocultas tras la bruma. De nuevo los peces abisales. Recuerdo mi boca pulidora, abierta y urgida, rozada por el suelo y por los hombres, la boca siempre incontrolable, la boca llaga en busca de los mapas enterrados con que cantar la vida no vivida. Acaso la invocación de la memoria destruya lo posible y recuerde que no fui otra cosa que la búsqueda incansable de ardides e invenciones. Acaso los túneles oscuros me dirijan al solar donde el único dios nos muestra, con sabio diximulo, la sagrada ciencia del arte y el oficio.
QUIZA YO EN LA TIERRA Quiénes somos yo y mi lengua en medio de estos manglares. Drenar los suelos para untar mis manos con el limo me hace madre, eso sí. Madre que aprieta en sus puños el fruto de la tierra y le sonríe y le canta canciones mientras le crecen los cabellos. Pero quiénes somos yo y mi lengua. Qué altura alcanzará la voz cuando los oídos no quieran oírme y no lo sepan, cuando tus oídos se cubran de lodo. Es posible que se aclaren las paredes y se oscurezcan los pechos. Es posible que reconozca mi sombra y las canciones que salen de mi boca. Es posible que el humus te renazca en hombre que busca mis torrentes. Todo es posible, como que hay días oscuros y que agradezco a la tierra mis pies y mi cansancio.
INVENTARIO Una vez merecí una vida. Y labios y un libro de poemas y vientres y cigarros encendidos. A veces merecí también lo que no tuve, lo que casi creí tocar en engañosos tactos. Merecí la entrega, el desgarro, el olvido involuntario, la música, la historia, la plena laxitud del cuerpo tras los cuerpos, el premio, la memoria, la repetición de los actos, la morera, la risa incontrolada, la letra, los análisis retóricos, la pérdida, la absoluta ganancia de mis pasos en la calle, el paseo, el hombre que duerme, la prosa, el aliento dulce de la niña, la promesa. Nunca merecí, como se ve, otra cosa que le viva sucesión de días y la sequedad en la garganta cuando el dolor opaco.


 

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