Antonio Rivero Taravillo

Tres poemas

 

Antonio Carnicero: Ascensión de un Montgolfier en Aranjuez (1784)

 


HELIO Y NITRÓGENO Había de dos tipos: unos iban cayendo al suelo a cámara muy lenta lo mismo que cabezas perezosas después de atravesar la guillotina en unos fotogramas atascados; enfadados con Newton, otros globos eran manzanas rebeldes como ángeles altivos que iban cielo arriba inmisericordes y, aprovechando que ya estaba abierta, la mano que acababa de soltarlos adiós decía a ellos y a las nubes con cinco huérfanos. Rasguños de colores por el aire, satélites sucintos de la tierra. Espermatozoides también en busca de qué óvulo, placentas al pincharse o cuando estallan.
VA SIENDO HORA I Va siendo hora ya de hablar de mí: dejar en paz las cosas, tan ajenas y socorridas lo mismo que una tienda de disfraces para los tímidos, los timoratos, los ciclotímicos, y mirar hacia adentro como un pozo del que sacar los cubos de los versos, su légamo y parásitos, su sed. Esa agua estancada, eso soy yo, el río detenido por la corta, el camino atorado por las rocas de todos los derrumbes interiores. Paseo mi cadáver, el trofeo del muerto derrotado en la victoria de todo lo que lucha contra mí bajo mi mando. No hay nada en que no haya fracasado como lluvia que cae para nadie o arbusto que defiende con espinas su nada contra todo y para siempre. II Me detengo a tomar aire de nuevo. ¿Será posible acaso dar sentido mucho tiempo seguido a lo que pesa con el fardo que es uno contra sí? ¿Hay pecho que resista ser el pecho que aguanta su presión sobre sus vísceras, la suma de miserias que organiza un sistema que avanza a disolverse? Los años, colecciones de despojos, se ensartan como cuentas que se ciñen al cuello que no logra respirar. Siento que mi atmósfera penetre en las de otros, quienes tengo más cerca, y que haga su aire irrespirable como el suyo hace el mío irrespirable. III Va siendo hora ya de hablar de mí por una vez sin velos en la lengua ni metáforas finas y logradas, sin objetos ni espejos exteriores; con el único brillo del torpe bisturí del cirujano que opera otros cadáveres, no el suyo, porque él está ya muerto, y bien lo sabe, y son las incisiones esa firma que rubrica el silencio mientras lava sus manos con un chorro que mancha y jamás borra su crimen, que es el mío; este suicidio de darse vida uno, persistiendo en el horror.
LOS ABRAZOS Los abrazos se dan para sacar la bilis, se exprime un cuerpo ajeno por la amargura. La pulpa, los desechos y las cáscaras son el retrato siempre de lo amado, los huesos que no son nunca semillas sino estorbos, tropiezos, emboscadas.


 

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